CCM | Club Cultural Matienzo

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Pringles 1249 (y Av. Córdoba), Buenos Aires.
Abierto de martes a viernes desde las 19 y sábados y domingos desde las 20 hs.

La selva interior

"Quiero saber con quién vivo", la obra de Melisa Freund y Valeria Junquera que se propone como "un recorrido a fondo por la arquitectura real del Club Cultural Matienzo", en el portal Hamartia.

Leé la nota completa acá.

En formato power trío, dos inquietas artistas teatrales y una actriz todo terreno, se fueron una semana al Tigre con una imagen en gestación: encontrar un espacio que pudiera reflejar el recorrido exterior de un alma femenina perturbada.

Entre escrituras colectivas en un hábitat selvático y baños de río en un Delta contaminado de ideas, las chicas se llevaron de regreso a la ciudad un interrogante que como disparador, tomó la forma de un espectáculo no convencional.

La propuesta nos invita a ser partícipes y voyeuristas de la decadencia de una mujer que decidió aislarse por ciento ocho días en su habitación. Claro que este encierro no trae necesariamente aparejada una introspección. Carolina se expresa de mil maneras diferentes, quizá a modo de exorcismo de sus demonios interiores.

Caro baila danzas hindúes asomada a una ventanita minúscula, nos introduce irónicamente en una suerte de conciencia new age y canta. En este último ítem me detengo. Caro canta muy pero muy bien un fragmento del tema “Algo aburrido y predecible” de Rosal, acompañada del guitarrista Nicolás Strok. Este es probablemente el momento más vulnerable e intenso de la obra. Que una mujer empuñe con valentía un micrófono y entone a viva voz su dolor de cara al público, es casi siempre un hecho poético.

Esta anti heroína, entre otros despliegues literales o simbólicos, pinta una pared de negro y en esa aparente oscuridad, descubre figuras que se le manifiestan con una nitidez absoluta. Esas son certezas. Certeza es creer en el propio delirio, regodearse en él, gozarlo.

Ella se ha despojado de casi todos los objetos materiales que la rodeaban. Deshabitó un espacio, habitó su dolor.

Pero el afuera está siempre tan poblado de aquellos seres distintos de uno. Ese mundo extrínseco, esa vecindad, está encarnada por un grupo de histriónicos actores extranjeros que, con sus diferentes costumbres, insisten en integrar a su festiva cotidianeidad a la muchacha que eligió el autoreclutamiento.

Carolina persevera en su negativa a sociabilizar. Necesita llegar al fondo del patetismo, mostrarlo, exponerlo. Los ruidos del exterior se incrementan o disminuyen según se revelen los sonidos de su alma como opuestos complementarios.

Al final del agobio, una ventana. Una iluminación. El resultado de un trance. Ella sigue fiel a su propia luz.